Foucault dice que el espejo es una utopía, pues es un lugar sin lugar. Un lugar en el que me reflejo y me descubro a mí mismo. Es curioso que solo pueda verme el rostro en un lugar que no existe realmente y reconocerme en una imagen que no soy yo, sino eso mismo, la imagen de mí. El espejo me muestra algo que no existe sino que es un reflejo de la realidad, su inversión, pero a la vez, el espejo si existe, y es a partir de él, que me descubro ausente del lugar que estoy viendo y presente en otro, la realidad.
Es inevitable una vez dicho esto hacer referencia al mito de Narciso, que según Gilles Lipovetsky es el símbolo de nuestro tiempo . En la cultura en la que vivimos el ego es el centro, la mirada está puesta en nosotros mismos, en nuestra autocomplacencia. Nos rodeamos de procedimientos y distracciones para nuestra propia satisfacción, para sentirnos realizados y plenos y sentir que encajamos en una estructura social en la que es difícil hacerse un hueco. Queremos tener el físico perfecto, y por eso vamos al gimnasio y cuidamos nuestra dieta con batidos de proteínas y anticolesterol, el psíquico perfecto y vamos a yoga, a meditación, al psicólogo, leemos libros de autoayuda. Queremos aprovechar el tiempo al máximo y divertirnos, por supuesto, el tiempo es oro y el ocio alcanza valores insospechados y lo llenamos con una gran oferta a nuestra disposición. Y por supuesto queremos ser felices, luchamos por tener la vida perfecta, sin desgracias ni sufrimientos, con una pareja que nos quiera y un montón de amigos divertidos, familia…
“El amaestramiento social ya no se produce por imposición disciplinaria, (…) se efecúa por autoseducción. El narcisismo, nueva tecnología de control flexible y autogestionado, socializa desocializando, pone a los individuos de acuerdo con un sistema social pulverizado, mientras glorifica el reino de la expansión del Ego puro.”
El yo se vacía de identidad. Y como sucede con el mundo de las imágenes, que no son reales pero son aceptadas como tal, incluso más verosímiles que la realidad misma, corremos el peligro de extasiarnos demasiado mirando nuestro reflejo y confundirlo con nosotros mismos y quien sabe si acabar desapareciendo, disolviéndonos en ese mundo inverso, paralelo al real que hemos creado. O quizás no, quizás nuestro reflejo sea más real que nosotros mismos, al fin y al cabo lo estamos viendo y eso es una prueba irrefutable de existencia ¿verdad?
Claudia González. 2008
2 Lipovetsky, Pilles. La era del vacío. Ed. Anagrama. Barcelona. 2002 .pag 49
3 Lipovetsky, Pilles. La era del vacío. Ed. Anagrama. Barcelona. 2002 .pag 55